Quiero terminar mi carrera para hacer lo que me gusta.

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Cuando empecé a estudiar comunicaciones me imaginaba estar de reportera en la reserva del manu, mostrando lo más valioso del trabajo de investigación audiovisual con la intención que fuera muestra y prueba del incalculable tesoro natural que albergamos en el territorio peruano. Hoy, no soy la agraciada reportera en el manu dentro del bote tomando fotos a las especies más salvajes y hermosas que me imaginaba redactar en crónicas para medios tradicionales.

Cuando era niña, nunca creí que también sería profesora universitaria. O marketera. O responsable comercial de una marca de preservativos. No creí que lo que yo escribiría un día sea importante para alguien. Regrese de estudiar a Lima a los 21 años. Grandes tendencias digitales empezaban a explotar sobre mi cabeza y otra en mi corazón: el miedo. El miedo a que un coche bomba me hiciera explotar en mil pedazos era el menor de todos. A una joven le preocupa más su corazón que su vida. Tenía miedo del trabajo nuevo, miedo de separarme de mi hermano que quedo en Trujillo y miedo de enamorarme y no saber qué hacer. Con el tiempo, el monstruo regresó a su guarida porque hice amigos y conseguí trabajo. Los amigos a su vez trajeron música, experiencias y muchos conocimientos. Y aquella marea de canciones que subía desde mi laptop me dijo: todo va a estar bien. Y estuvo bien. Ahora –5 años después– camino por Lima y me cuesta recordar que alguna vez la recorrí asustada. Uno se acostumbra a pisar fuerte, se acostumbra a tener confianza, como un bebé que aprende a caminar y ya quiere correr. Por eso dicen que tener hijos es un reencuentro con los viejos terrores. A mí me pasa cuando reconozco en mis alumnos a la chica asustada que alguna vez fui. Ellos tienen miedo de haber escogido mal su carrera, de no tener talento, de no conseguir trabajo y de no encontrar nunca a alguien que los quiera. Sé que muchas veces he jugado con la imagen de la profe sarcástica y maldita, pero, así como disfruté aterrorizándolos, fue mejor cuando les di algo para enfrentar el miedo. Algunas veces fue un libro y otras una conversación después de clase. Sé –porque a mí también me pasó– que ellos olvidarán muchas de las cosas que mi curso exigía aprender. Pero espero que recuerden siempre que lo que realmente intentaba decirles con cada libro que les daba era esto: Sí, la vida es dura. Sí, yo también estuve perdido y tuve miedo. Pero hay salida.

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